miércoles, 7 de agosto de 2013

La caja de los secretos capitulo 2

CAPITULO 2.- “El miedo siempre es una opción”


Marco entrecerró los ojos cuándo la oleada de calor lo golpeó nada más poner un pie fuera del avión, no había tenido tiempo de cambiarse por lo que aún vestía unos pantalones grises y una camisa de manga larga negra, eso sin olvidar la chaqueta.
Durante el trayecto había tenido tiempo de dormir un poco y buscar el expediente sobre Carla Molina.
Tenía treinta y dos años, hija de madre irlandesa y padre español. Su madre murió durante el parto de su hermano menor; éste último y su padre lo hicieron más tarde en un incendio.
Había tenido una carrera prometedora que la había llevado a entrar en el equipo especial para asesinos en serie, durante los tres años que trabajó allí cerró casi todos los casos que se habían planteado.
Marco había conseguido enterarse de que había sido ese “problema” que la había hecho retirarse; habían perseguido a un asesino en serie por meses hasta que él cometió un error y consiguieron una dirección. En su casa había un chico de dieciocho años que había asegurado que él no sabía de que hablaban y que le habían pagado para estar allí.
Carla había asegurado que presentaba un patrón de psicopatía parecido al del asesino que buscaban y cuando la alta esfera los habían presionado para tomar una decisión, ella había afirmado que era el asesino.
Dos días después del traslado del chico a la cárcel había sido brutalmente atacado por el verdadero asesino que se había infiltrado en forma de carcelero y que había terminado por ser reducido.
El chico murió y Carla presentó su renuncia de forma inmediata; se trasladó y pidió un puesto mucho más inferior. Después de ésto la unidad dejó de resolver casos y finalmente se disolvió.
Marco se detuvo para comprar un café helado en el bar del aeropuerto y unas gafas de sol en la tienda de recuerdos, luego emprendió el camino hacia la comisaría cuya dirección incluía la ficha de Carla Molina.
Ahora que entendía cuál es el “problema” había estado pensando un discurso para hacerla volver, que incluía un confío plenamente en tus capacidades y errar una vez no indica que vas a hacerlo siempre.
En apenas dos manzanas comenzó a vislumbrar las banderas en la puerta solo para darse cuenta de que no tenía la más remota idea de cómo era Carla Molina ya que por extraño que pareciera el expediente no contaba con una foto. En la cancela externa había un policía vestido de uniforme al que preguntó y con una extraña sonrisa le indicó que subiera a la segunda planta.
Allí dentro el aire acondicionado estaba a toda potencia lo que le permitió relajarse por un momento mientras cogía el ascensor con dos detectives cuyos nombres le sonaban pero que sabían mucho sobre su carrera por lo que tuvo que fingir que él también conocía las suyas cuándo en realidad no era así.
Estaban comenzando a alcanzar el segundo piso cuándo los gritos se filtraron a través de las puertas y los dos hombres se llevaron las manos a la cadera dónde guardaban el arma.
Las puertas se deslizaron lentamente y Marco se encontró al final de un estrecho pasillo por el que corría un hombre que rozaba los dos metros y con músculos del tamaño de su cabeza sobresaliendo por debajo de su camiseta. Llevaba un pañuelo rojo tapándole el pelo y una esposa suelta en una mano lo que indicaba que se acababa de escapar.
-Deténgase.-Gritaron los dos hombres a su lado desenfundado las pistolas y apuntando. Marco estaba a punto de hacer lo mismo cuando una mujer apareció de una puerta lateral y con una simple llave hizo caer al hombre al suelo con sonoro estruendo.
Marco contempló absorto como la mujer se arrodillaba sobre él y volvía a colocarle las esposas sin ningún esfuerzo. 
Debía medir un metro sesenta y cinco como mucho, tenía un cuerpo bien definido aunque sin llegar a ser musculoso  y el pelo rojo como el fuego recogido en una pulcra coleta.
-Muy bien Molina.-Dijeron los inspectores a su lado. Marco tuvo que apresurarse a salir cuándo las puertas ya habían comenzado a cerrarse
El hombre que estaba en el suelo gimoteaba de una forma poco masculina ya que su nariz había golpeado directamente contra el suelo, los dos detectives lo levantaron con esfuerzo y lo llevaron de vuelta a la sala de dónde debía haber salido.
-¿Carla Molina?.-Marco dio un paso hacia delante y la mujer clavo sus ojos miel en él.-Soy Marco Cardone, ¿podría dedicarme un momento de su tiempo?
-Si, acompáñeme -Dijo indicándole la pequeña cafetería que habían instalado en la comisaría. En la isleta del centro descansaba una taza humeante que delataba lo que había estado haciendo ella.
-¿Café?.-Dijo ella, extrañamente no parecía tener curiosidad por su presencia allí
-Por favor.-Carla le dio la espalda para prepararle el café totalmente agradecida por la distancia entre ambos. Marco Cardone siempre había sido su debilidad; de un metro noventa, pelo dorado y piel tostada, aunque en aquel tiempo había dejado de ser esbelto para ser...imponente. Le había visto por primera vez hacia un año, ella había estado destrozada y él tenía una sonrisa deslumbrante que ahora había desaparecido.
Estaba segura de que aunque ella hubiera estado en su mejor momento no se habría acercado a él, pero tal vez habría tenido alguna oportunidad para intercambiar más de una mirada pero ella se había retirado y se había dedicado a seguir su carrera desde la distancia y ahora él estaba aquí, todo poder masculino y entereza.
-¿Solo?.-Dijo ella observándole sobre su hombro. Él se había sentado en un taburete y la contemplaba con ojos entrecerrados probablemente memorizando cada uno de sus movimientos.
Ella no sabía que había hecho para que él viniera hasta allí pero sólo estaba dispuesta a estar agradecida. Él asintió y ella se sentó en el taburete junto al suyo dejando la taza en la mesa
-Siento no haberla podido avisar antes pero tomé la decisión anoche y cogí un avión de inmediato.-Ella asintió una sola vez.-Necesito que me ayude en un caso.-Y ahí estaba, el cambio de expresión fue tan radical que Marco pensó ahora parecía un robot más que un ser humano.
-Eso no es posible.-Dijo ella tomándo un sorbo de su café
-El inspector Gómez dijo que usted podría resolver mi caso
-El inspector Gómez me sobrevalora
-Lo dudo mucho.-Marco sonrió internamente, si ella pensaba que era testaruda acababa de encontrarse de frente con alguien que la superaría con creces.-Los psicólogos lo han clasificado de psicopatía
-No voy a dejar mi trabajo.-Dijo ella frunciendo el ceño
-Que cometiera un error no implica que vaya a volver a hacerlo, no dejaré que lo haga.-El hielo cubrió su expresión y él sabía que cada vez estaba más lejos de conseguir lo que quería.
-He dicho no.-Marco contempló como se levantaba y literalmente tiraba la taza al fregadero. La tensión en sus hombros era tan evidente, así cómo el porte casi militar que la rodeaba
-De algún modo u otro conoce las casas de sus víctimas.-Él observó cómo emprendía el paso hacia la salida.-Las espera debajo de la cama.-Sus movimientos se hicieron más lentos y él se agarró a ello.-Observa su rutina nocturna, todas las víctimas están tranquilas, se sienten en su ambiente y tienen la seguridad de que están a salvos y justo cuándo están a punto de alcanzar el sueño él sale y ….
-¡PARE!.-Se giró hacia él con la furia dibujada en su rostro aunque Marco no estaba seguro de hacia quién iba dirigida.-Sé perfectamente quién es el asesino X.-Su nariz se arrugó levemente y Marco sospechó que a ella también le parecía patético aquel nombre
-¿Y va a ayudarme?.-Dijo él.-El inspector Gómez dijo que en un mes podría saber quién es
-Cómo le dije antes el señor Gómez me sobrevalora.-Marco esperó con paciencia, había visitado a todas y cada una de las familias, el dolor era insoportable y les debía ésto, les debía dejarse la piel para que la persona que podía ayudarles comprendiera la relevancia de ello.
-¿Un mes?.-Volvió a insistir.-Si después de eso no tenemos nada la dejaré volver
-Mi participación no será decisiva, me dedicaré a oír, observar y opinar pero si pienso que alguien puede ser el asesino estudiará la posibilidad un poco antes de saltar sobre él.-Marco entendía su inquetidud pero si realmente pensaba que él no iba a lanzarse sobre el primer sospechoso que encontrarán no podía estar más equivocada, aunque ella no tenía porque saberlo
-Está bien.-Le tendió la mano y ella la agarró con más fuerza de la que él esperaba que tuviera.
-Molina.-Dijo uno de los inspectores que le habían acompañado en el ascensor y del cuál no recordaba el nombre.-Ha llamado Gómez y el jefe te ha dado vía libre para irte.-Ella le lanzó una mirada envenenada y Marco tuvo que esconder su sonrisa detrás de la palma de su mano.
-¿Cuándo te marchas?.-Dijo Carla. Marco consultó el reloj, cuánto antes estuviera allí mejor pero no quería presionarla
-¿Cuánto tiempo necesitas?
-Una hora.-Ella comenzó a andar a grandes zancadas y luego se detuvo en la puerta.-¿Me acompañas?.-Marco se apresuró a bajarse del taburete.
Ella escogió una pequeña caja de cartón bajo su escritorio y metió un par de carpetas que él no llegó a vislumbrar, luego sin dirigirle palabra le guió fuera del edificio.
Marco estaba a punto de preguntar a dónde iban después de haber andado dos manzanas sin que ella dijera nada cuándo se detuvo tan abruptamente que él estuvo a punto de chocar con ella.
Elevó su mirada al cielo para comprobar que estaban frente a un motel.-¿Qué hacemos aquí?.-Ella le miró con una sonrisa que ya sospechaba era mala señal.
-Vivo aquí.-Él no podía estar más atontado mientras la seguía dentro. El recepcionista la saludó con un asentimiento y para demostrar su frase él no tuvo que darle llave de una habitación.
-¿Por qué vives aquí?.-Dijo Marco cuándo se montaron en el ascensor.
-La mayoría de las veces como en la comisaría, me mantienen la casa limpia y aceptan que llegue a cualquier hora.-Dijo ella encogiéndose de hombros
-Pero no se parece en nada a un hogar o algo así.-Dijo él observando el pasillo de maqueta mugrienta. No es que él tuviera una casa muy acogedora pero al menos era más personal que aquello.
-Nunca he tenido un hogar o algo así.-Marco había conocido a cientos de personas que dirían aquella frase para obtener algún tipo de reconocimiento o pena por parte de él pero fue la naturalidad con la que ella lo dijo lo que le dejo fuera de juego
Ella sacó unas llaves pequeñas de su bolsillo y entró en la habitación “305”, y dado que dejó la puerta abierta él se apresuró a seguirla.
Ya sospechaba que su “casa” no tendría cocina, ni un salón pero al menos esperaba que fuera mayor que una habitación individual de hotel con un cuarto de baño mínimo y que la mayor parte del espacio estuviera ocupado por cajas sin abrir.
Estaba comenzando a sospechar que el inspector Gómez le había mandado a conocer a una psicópata cuando ella le miró con una sonrisa en el rostro adivinando sus pensamientos.-Me acabo de mudar, antes vivía en otro hotel pero estaba más lejos y he tenido tanto trabajo que aún no he podido adaptar mis cosas.
-No estaba pensando nada.-Dijo él pero ella ya estaba sacando una maleta de debajo de la cama.
-¿Nos vamos?
-¿Ya?.-Dijo él asombrado.-¿No tienes que coger nada más, unas planchas, algo de maquillaje...?.-Ella enarcó una ceja a modo de respuesta.-Tengo dos hermanas y sé que una mujer tarda más de dos minutos en hacer la maleta para un mes fuera de casa

-Soy una mujer.-Esta vez fue su turno para enarcar ambas cejas.-Y esta vez solo he tardado dos minutos y vámonos antes de que me posea el espíritu femenino.-Dijo haciendo una vaga imitación de un fantasma


Carla Molina


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