Sostengo
la taza de café hirviendo entre mis manos, casi puedo sentir como la
piel de las palmas se enrojece y se contrae, pero dado que esto es lo
más parecido a sentir algo que he tenido en los últimos días,
meses y años me agarro a ello con fuerza.
Sé
que tengo que seguir adelante, por el antiguo Sam, por el que conocí,
por el que amé y fui amada. Él amaba la vida con una fuerza
inquebrantable, agradeciendo cada día que el sol saliera por el
horizonte. Fue esta razón por la que pensé que él se decantaría
por Ángela, sin embargo me eligió a mí, cómo el ying que siente
una atracción irrefutable por el yang.
Era
una guerrero capaz de arrancar la vida sin dudarlo, era temido por
todos sus conocidos y su nombre era susurrado con pavor. Pero al
final del día él no era capaz de entender la oscuridad que yo veía
en el mundo.
A
veces, cuándo la noche es eterna y ni siquiera las estrellas son
capaces de alumbrar mi existencia pienso que fue exactamente esa
parte de mí lo que hizo que él acabase muriendo. Y probablemente
sea esa misma oscuridad la que hace que alguien como Sam nunca
pudiera llegar a amarme, a pesar de que por primera vez en siglos soy
capaz de ver al primer hombre que amé en sus ojos.
Me
siento en la mecedora frente al balcón abierto y contemplo el
movimiento de la manija del reloj municipal justo antes de alcanzar
las doce.
UNO.
Vida
DOS.
Muerte
TRES.
Vida
CUATRO.
Muerte
CINCO.
Vida
SEIS.
Muerte
SIETE.
Vida
OCHO.
Muerte
NUEVE.
Vida
DIEZ.
Muerte
ONCE.
Vida
DOCE.
Muerte
Y
entonces sucede, no hay fuegos artificiales ni visiones, simplemente
mi cuerpo tiembla ante el simple pensamiento de matar a Claudia.
Tomo
un último sorbo de café que me quema la garganta antes de
levantarme con pasos lentos y dirigirme a la enorme cama de la
habitación del hotel en el que me encuentro.
Deslizo
los pantalones de cuero negro por mis piernas y me cambio la camiseta
por una sudadera que me da más libertad de movimiento.
Introduzco
dos dagas en mi cinturón y un pequeño cuchillo en mis botas, nadie
sale de caza la primera noche.
Es
una especie de regla no escrita que todos cumplimos, porque la muerte
requiere de premeditación, o tal vez porque necesitamos más de
veinticuatro horas para encontrar cuál estúpida razón por la que
esa persona merece morir.
Pero
esta noche mi motivo es claro, porque al igual que sé que debo matar
a Claudia, sé que ella debe matar a Sam. ¿Les he dicho ya que los
dioses son unos sádicos retorcidos?
Evidentemente
Claudia está realizando el mismo ritual de preparación que yo,
simplemente para conseguir destruir lo única parte de humanidad que
queda en mí y luego matarme asegurando que yo estaba demente.
Dejo
la puerta abierta porque nada de lo que queda me servirá una vez que
esto termine, porque según mis apuestas al amanecer Claudia y yo
estaremos muertas. Y yo nunca me equivoco...
Sam
estaba tumbado en la penumbra de su habitación, en los casos sobre
sus oídos sonaba un grupo de rock a máximo volumen y había
sostenido la almohada alrededor de su cabeza, pero nada de esto evitó
que las doce campanadas resonaran en su interior.
Sentía
a Martha al otro lado de la puerta, dudando sobre si entrar y
compartir sus miedos o si esto solo serviría para aumentar los de
ambos. Al final se decidió por marcharse y Sam se mantuvo acostado
de lado, la batería del mp3 se había terminado y aún así no podía
deshacerse de la mínima sensación de paz que le proporcionaba el
silencio de los cascos taponando sus oídos.
Había
decidido que aquella noche no dormiría y que simplemente
contemplaría el paso de las horas hasta que Annie apareciera en su
puerta, tal vez manchada de sangre, tal vez dispuesta a matar a
alguno de los dos cuando la puerta de su habitación saltó en mil
pedazos de madera que se esparcieron por el suelo.
Claudia
dio un paso al frente. Sus ojos estaban inyectados en sangre cuando
arrastró el cuerpo de Martha hasta los pies de su cama y le sonrió.
-Annie y Ángela-

No hay comentarios:
Publicar un comentario