lunes, 1 de julio de 2013

Capitulo 10

Sostengo la taza de café hirviendo entre mis manos, casi puedo sentir como la piel de las palmas se enrojece y se contrae, pero dado que esto es lo más parecido a sentir algo que he tenido en los últimos días, meses y años me agarro a ello con fuerza.
Sé que tengo que seguir adelante, por el antiguo Sam, por el que conocí, por el que amé y fui amada. Él amaba la vida con una fuerza inquebrantable, agradeciendo cada día que el sol saliera por el horizonte. Fue esta razón por la que pensé que él se decantaría por Ángela, sin embargo me eligió a mí, cómo el ying que siente una atracción irrefutable por el yang.
Era una guerrero capaz de arrancar la vida sin dudarlo, era temido por todos sus conocidos y su nombre era susurrado con pavor. Pero al final del día él no era capaz de entender la oscuridad que yo veía en el mundo.
A veces, cuándo la noche es eterna y ni siquiera las estrellas son capaces de alumbrar mi existencia pienso que fue exactamente esa parte de mí lo que hizo que él acabase muriendo. Y probablemente sea esa misma oscuridad la que hace que alguien como Sam nunca pudiera llegar a amarme, a pesar de que por primera vez en siglos soy capaz de ver al primer hombre que amé en sus ojos.
Me siento en la mecedora frente al balcón abierto y contemplo el movimiento de la manija del reloj municipal justo antes de alcanzar las doce.
                                                  UNO. Vida
                                                  DOS. Muerte
                                                  TRES. Vida
                                                  CUATRO. Muerte
                                                  CINCO. Vida
                                                  SEIS. Muerte
                                                  SIETE. Vida
                                                  OCHO. Muerte
                                                  NUEVE. Vida
                                                  DIEZ. Muerte
                                                  ONCE. Vida
                                                  DOCE. Muerte
Y entonces sucede, no hay fuegos artificiales ni visiones, simplemente mi cuerpo tiembla ante el simple pensamiento de matar a Claudia.
Tomo un último sorbo de café que me quema la garganta antes de levantarme con pasos lentos y dirigirme a la enorme cama de la habitación del hotel en el que me encuentro.
Deslizo los pantalones de cuero negro por mis piernas y me cambio la camiseta por una sudadera que me da más libertad de movimiento.
Introduzco dos dagas en mi cinturón y un pequeño cuchillo en mis botas, nadie sale de caza la primera noche.
Es una especie de regla no escrita que todos cumplimos, porque la muerte requiere de premeditación, o tal vez porque necesitamos más de veinticuatro horas para encontrar cuál estúpida razón por la que esa persona merece morir.
Pero esta noche mi motivo es claro, porque al igual que sé que debo matar a Claudia, sé que ella debe matar a Sam. ¿Les he dicho ya que los dioses son unos sádicos retorcidos?
Evidentemente Claudia está realizando el mismo ritual de preparación que yo, simplemente para conseguir destruir lo única parte de humanidad que queda en mí y luego matarme asegurando que yo estaba demente.
Dejo la puerta abierta porque nada de lo que queda me servirá una vez que esto termine, porque según mis apuestas al amanecer Claudia y yo estaremos muertas. Y yo nunca me equivoco...



Sam estaba tumbado en la penumbra de su habitación, en los casos sobre sus oídos sonaba un grupo de rock a máximo volumen y había sostenido la almohada alrededor de su cabeza, pero nada de esto evitó que las doce campanadas resonaran en su interior.
Sentía a Martha al otro lado de la puerta, dudando sobre si entrar y compartir sus miedos o si esto solo serviría para aumentar los de ambos. Al final se decidió por marcharse y Sam se mantuvo acostado de lado, la batería del mp3 se había terminado y aún así no podía deshacerse de la mínima sensación de paz que le proporcionaba el silencio de los cascos taponando sus oídos.
Había decidido que aquella noche no dormiría y que simplemente contemplaría el paso de las horas hasta que Annie apareciera en su puerta, tal vez manchada de sangre, tal vez dispuesta a matar a alguno de los dos cuando la puerta de su habitación saltó en mil pedazos de madera que se esparcieron por el suelo.

Claudia dio un paso al frente. Sus ojos estaban inyectados en sangre cuando arrastró el cuerpo de Martha hasta los pies de su cama y le sonrió.

-Annie y Ángela-



No hay comentarios:

Publicar un comentario