Carla tosió y se encogió
aún más bajo las mantas, solo para terminar gruñendo porque una
esquina se había soltado del doblez bajo la cama y había dejado
fuera sus pies.
Extendió la mano a
ciegas para coger un pañuelo de papel y se sonó con tanta fuerza
que se le entaponaron los oídos, y aún así fue incapaz de
respirar; dio un manotazo contra el colchón y se incorporó
apoyándose en sus codos.
Y allí estaba, a los
pies de su cama Álex la observaba con la cabeza ladeada como si
fuera un animal salvaje que él jamás había visto en su vida, y por
el que no sabía si debía sentir temor o curiosidad.
-Hola.-Susurró ella con
miedo a asustarle. Álex tiró aún más de las mangas de su pijama
si eso era posible hasta que solo se le vieron las puntas de los
dedos.-¿No podías dormir?.-Prosiguió ella, y él miró hacia la
ventana dónde la nieve que caía apenas dejaba ver más allá de dos
metros.
-Papá ha salido.-Dijo él
y Carla captó el doble sentido de sus palabras; su padre se había
vuelto a ir al cementerio a llorar a su mujer y se había negado a
mirar a su propio hijo a los ojos.
-Está bien, ven
aquí.-Carla echó las mantas a un lado y palmeó el colchón a su
lado. Álex avanzó dos pasos antes de pararse en seco, como si lo
estuviese considerando pero Carla ya estaba acostumbrada a ello, Álex
necesitaba pensarlo todo y si alguien le presionaba demasiado se
cerraba sobre sí mismo y era incapaz de tomar una decisión.
Así que mantuvo la
sonrisa mientras casi podía oír los mecanismos de su cabeza
trabajando a toda velocidad antes de que se deslizase hacia su cama,
porque Álex nunca corría, nunca arrastraba los pies, simplemente se
deslizaba sobre el suelo sin hacer un solo ruido.
Se tumbó de lado dándole
la espalda y Carla los tapó a ambos antes de abrazarlo contra su
pecho y besarle la coronilla. Álex era demasiado pequeño para su
edad, más bajito que el resto de sus compañeros y tan delgado que
podías rodear su muñeca con el indice y el pulgar, y sin embargo
tenía esa mirada de puro fuego que le hacía parecer más un
depredador que un niño pequeño.
-Nada de esto es culpa
tuya.-Susurró Carla contra su pelo.
-¿El qué?.-Dijo él y
parecía decirlo de verdad, como si no entendiese que su padre se
callase cada vez que él entraba en la habitación, o que evitara
mirarla a todo costa. Y si así era Carla lo iba a hacer nada para
informarle de la situación.
Carla lo había
intentando, de verdad que si, lo había intentado mientras le
duchaba, mientras le peinaba ese flequillo que siempre estaba de
punta, mientras le leía un cuento o mientras lo veía dormir. Lo
había intentado y había sido incapaz de ver qué era eso que tenía
Álex que le hacía tan malo; era un poco tímido pero el niño entre
sus brazos no era alguien malo.
-¿Cómo es la
navidad?.-Preguntó Álex sacándola de su ensoñación.
-Pues... colorida,
cálida, alegre, creo que te gustaría.-Dijo ella.-Todavía estamos a
tiempo de intentarlo.-Dijo ella apoyándose en su antebrazo para
mirarle aún cuándo él no despegó sus ojos de la ventana.
-No, creo que no
quiero.-Dijo él
-¿Por qué?
-No me gusta la
alegría.-Susurró él tan bajito que Carla no estuvo segura de
haberlo oído bien.
-¿Por qué no te gusta?
-Porque no sé qué
es.-Dijo él y pareció realmente confuso antes de mirarla, cómo si
estuviese ante un gran problema de matemáticas.-¿Es por eso que
papá se comporta raro?, ¿soy malo?
-No. cariño-Dijo ella
abrazándolo con tanta fuerza que creyó que le rompería algo.-No
hay nada malo en ti, te prometo que algún día sabrás que es.-Carla
intentó soltarle pero él se apretó aún más fuerte contra ella si
eso era posible.-Voy a pegarte el resfriado.-Susurró contra su
frente
-Me cuidarás.-Dijo él
como si fuera la verdad más absoluta existente en el mundo
-Siempre.-Prometió
Carla, aún cuándo sabía que aquella noche no habría árbol de
navidad, ni luces brillantes ni bolas de colores.
Marco estaba sentado en
el último escalón de las escaleras de mármol, la espalda pegada a
la pared y las piernas extendidas frente a él mientras por enésima
vez esa noche una familia que él no conocía entraba en su casa y su
madre corría a recibirlos con una bandeja de canapes en mano.
-Feliz navidad, Thomas,
Elizabeth.-Dijo ella en con voz angelical, cuando era algo más
pequeño, y aún en esos tiempos Marco se preguntaba a menudo su su
madre no era un ángel que se había escapado del cielo.
-Agatha.-Dijo la mujer de
pelo negro perfectamente recogido en un moño y ojos celestes
abrazando a su madre. Marco bufó cuando comenzaron a charlar sobre
los cambios producidos en el barrio, aquella era la navidad más
aburrida de su vida y recién acababa de comenzar.
-Hola.-Dijo una cantarina
voz captando su atención. Una niña pequeña, aunque por aquel
entonces todos los niños de su edad eran más bajitos que él, le
dedicó una sonrisa de dientes mellados
-Hola.-Dijo él
retirándose los mechones rubios que caían sobre sus ojos.
-Eres muy guapo.-Soltó
ella y Marco sintió como la sangre acudía a raudales a sus mejillas
-Beth.-Llamó la mujer y
la niña de coletas negras y dientes mellados corrió hacia ella con
una enorme sonrisa en su rostro. Agatha captó su mirada y le guiñó
un ojos de complicidad que hizo que Marco sonriera de forma
inconsciente.
-Tío, no sé cómo lo
haces.-Dijo Michael sentándose de golpe a su lado.
-¿Dónde has aprendido a
hablar así?.-Dijo Marco mirando a su vecino el cuál tampoco parecía
muy cómodo con que los hubiesen obligado a llevar camisa y corbata.
-Mi hermano dice que es
guay.-Dijo él encogiéndose de hombros.
-Ya y tu hermano también
dice que las chicas son guays.-Dijo Marco frunciendo el ceño
-Es que lo son.-Dijo
Michael
-¿Tú crees?.-Dijo Marco
echando la cabeza hacia atrás con desgana
-Tus hermanas...-Empezó
él
-Ni lo pienses.-Gruñó
Marco girándose hacia él por primera vez desde que había llegado y
se quedó congelado en el sitio.-¿Qué te ha pasado?.-Dijo
extendiendo la mano hacia el moretón en su mejilla.
-Nada.-Dijo él mirando
hacia otro lado
-Dímelo.-Exigió Marco
apretando los dientes
-Pablo, ha sido Pablo
-Ese matón...
-Es dos años mayor, mi
hermano dice que es normal.-Comenzó Michael
-Mañana vamos a hablar
con él.-Cortó Marco levantándose de un salto y Michael no pudo
contradecirle, porque al fin y al cabo Marco solo estaba haciendo lo
que siempre hacía, protegerle a toda costa.



