-Había una vez en un reino muy muy lejano un enorme campanario. Las antiguas leyendas decían que había estado ahí incluso cuando se comenzaron a construir los primeros edificios, y de hecho, todo el reino crecía a su alrededor, por supuesto siempre a una distancia prudencial.
De piedra negra y cuyo vertice se extendía hacia las nubes pero sin duda estas no eran las características más llamativas de este campanario. Y es que a pesar de haber sido estudiado por los mejores expertos de todos los reinos nadie conseguía entender el complejo mecanismo que provocaba que las campanas sonaran siempre a su antojo.
Como todo reino que se precie en él vivía una hermosa princesa, de cabellos negros como el carbón y ojos tan claros como el hielo. Ella había sido la única heredera al trono después de que su madre muriera durante el parto y desde entonces había sido cuidada entre algodones pero al decimo octavo cumpleaños la princesa había enloquecido.Se escapaba cada noche por muchas trampas que le pusieran y había sido vista apoyada contra el campanario, como si pudiera entender el porqué de aquellos sonidos.
Un día un niño se había acercado a ella y le había preguntado si conocía la razón de que hubiera días acompañados de música y días en silencio. Ella se había agachado hasta estar a la altura del niño y había susurrado...Es su intento de recordarnos lo hermosa y efímera que es la vida...-El cuaderno en blanco se resbaló entre mis dedos dándo un efecto más terrorifico del que pretendía. Al levantar la cabeza comprobé que había un par de ojos asustados que me miraban temblando.
-Chicos vamos a dejarlo por hoy.-Digo intentándo poner mi sonrisa más dulce.
-Los has asustado.-Dice Sam a mis espaldas.
-Sólo es un cuento...
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