viernes, 10 de mayo de 2013

Capitulo 4

La humanidad se ha estado preguntando durante toda su existencia a cerca de que es aquello que más podría dañarla, han temido sobre los extraterrestres, han instalado un cerrojo más, han inventado las habitaciones del pánico e incluso llegaron a estar a punto de protegerse de personas como yo.
Pero jamás, estuvieron cerca sobre aquello que más puede dañarlos...
A través de la lluvia torrencial que nos rodea contemplo los enormes ojos cristalinos que me devuelven la mirada de forma enturbiada; el rostro blanquecino excepto por las motitas sonrojadas que se acumulan en lo alto de sus pómulos.
El filo de sus labios se aclara dándole un aspecto más enfermizo aún.
Una lágrima involuntaria se escapa y rueda por mi mejilla con lentitud haciéndome consciente de la situación y se queda prendada en mi barbilla por unos segundos eternos hasta caer sobre mi mano.
La misma mano que contiene el cuchillo que se clava en el cuerpo frente a mí, la misma mano que ha traído tanto sufrimiento a todos.
Necesito utilizar ambas para sacarlo de él con gotas de sangre que se mezclan con la lluvia y aterrizan sobre mis pies descalzos.
Él cae sobre mí tal como lo haría un planeta desorbitado sobre la estrella alrededor de la cuál había estado girando por milenios. Solo que yo no soy esa estrella que le ha traído la luz, yo soy quién le esta matando lentamente.
-Lo siento, lo siento.-Repito una y otra vez contra su oído. Me esfuerzo por mantenernos rectos a la vez que le abrazo y le peino el pelo como si intentase consolar a un niño pequeño por no comprarle aquello que tanto deseaba.
-¿Has estado muerta alguna vez?.-Por unos segundos pienso que ha sido mi imaginación la que ha creído oírle pero noto como sus dedos se cierran y abren como una pinza sobre mi cintura.
-Muchas veces.-Susurro
-¿Cuántas?.-No me hace falta la experiencia para ver los cambios que se producen en él. La respiración dificultosa, como si deja caer cada vez con más fuerza...
-Ciento treinta y cuatro.-Mis palabras coinciden con su última exhalación. De repente no puedo sujetarnos más y terminamos cayéndo al suelo.
No entiendo ninguna de las sensaciones que tengo, las manos me tiemblan y el corazón me duele. Me duele como si tuviera un problema físico, a pesar de que sé que no lo tengo.
-Pero ninguna ha dolido como esto.-Me despierto desorientada. No hay gritos, Martha no está zarandeandome o me acaba de tirar un vaso de agua. El corazón me va a mil por horas y los restos de lágrimas me mojan el rostro pero me mantengo en posición fetal, sintiendome por primera vez en años vulnerable.

Esa fue la primera noche que soñé con Sam.

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