La
humanidad se ha estado preguntando durante toda su existencia a cerca
de que es aquello que más podría dañarla, han temido sobre los
extraterrestres, han instalado un cerrojo más, han inventado las
habitaciones del pánico e incluso llegaron a estar a punto de
protegerse de personas como yo.
Pero
jamás, estuvieron cerca sobre aquello que más puede dañarlos...
A
través de la lluvia torrencial que nos rodea contemplo los enormes
ojos cristalinos que me devuelven la mirada de forma enturbiada; el
rostro blanquecino excepto por las motitas sonrojadas que se acumulan
en lo alto de sus pómulos.
El
filo de sus labios se aclara dándole un aspecto más enfermizo aún.
Una
lágrima involuntaria se escapa y rueda por mi mejilla con lentitud
haciéndome consciente de la situación y se queda prendada en mi
barbilla por unos segundos eternos hasta caer sobre mi mano.
La
misma mano que contiene el cuchillo que se clava en el cuerpo frente
a mí, la misma mano que ha traído tanto sufrimiento a todos.
Necesito
utilizar ambas para sacarlo de él con gotas de sangre que se mezclan
con la lluvia y aterrizan sobre mis pies descalzos.
Él
cae sobre mí tal como lo haría un planeta desorbitado sobre la
estrella alrededor de la cuál había estado girando por milenios.
Solo que yo no soy esa estrella que le ha traído la luz, yo soy
quién le esta matando lentamente.
-Lo
siento, lo siento.-Repito una y otra vez contra su oído. Me esfuerzo
por mantenernos rectos a la vez que le abrazo y le peino el pelo como
si intentase consolar a un niño pequeño por no comprarle aquello
que tanto deseaba.
-¿Has
estado muerta alguna vez?.-Por unos segundos pienso que ha sido mi
imaginación la que ha creído oírle pero noto como sus dedos se
cierran y abren como una pinza sobre mi cintura.
-Muchas
veces.-Susurro
-¿Cuántas?.-No
me hace falta la experiencia para ver los cambios que se producen en
él. La respiración dificultosa, como si deja caer cada vez con más
fuerza...
-Ciento
treinta y cuatro.-Mis palabras coinciden con su última exhalación.
De repente no puedo sujetarnos más y terminamos cayéndo al suelo.
No
entiendo ninguna de las sensaciones que tengo, las manos me tiemblan
y el corazón me duele. Me duele como si tuviera un problema físico,
a pesar de que sé que no lo tengo.
-Pero
ninguna ha dolido como esto.-Me despierto desorientada. No hay
gritos, Martha no está zarandeandome o me acaba de tirar un vaso de
agua. El corazón me va a mil por horas y los restos de lágrimas me
mojan el rostro pero me mantengo en posición fetal, sintiendome por
primera vez en años vulnerable.
Esa
fue la primera noche que soñé con Sam.
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