sábado, 18 de junio de 2011

Té con limón

Tienes miedo, ¿y quién puede culparte?, si, estás sentada en la sala de espera de un hospital rodeada de personas que gimen y lloran sin necesitar ocultar su dolor.



Y tú llevas cinco meses fingiendo que no existes, que no te importa vivir o morir, que no escuchas los sonidos ensordecedores del mundo que te rodea.



De repente, todo se apaga, y el silencio es lo más doloroso que has sentido en años, porque ya no existe rabia tras la que excusarse, ni gritos acallados por la almohada.



Ahora sólo quedas tú rodeada de olor a desinfectante, y sonidos de zapatillas de plástico que se arrastran de un lugar a otro, y tanto, pero tanto...blanco.



Pero sabes que prefieres el blanco al rojo, el blanco te da algo a lo que agarrarte, una seguridad de que el mundo sigue viviendo aunque tú te detengas, pero el rojo te deja en el borde del acantilado entre la vida y la muerte.



Porque el rojo de la pasión es lo que te llevo a dónde estás ahora, porque el rojo de la rabia de los demás es lo que te paralizo por primera vez, y porque el rojo de tu dolor es lo que nadie pueda detener.



-Sostenga esto contra la herida.-Te vuelve a insistir la enfermera, y te entran ganas de decirle que estás bien, pero te acuerdas de que ella es una de las personas que podría estar atendiendo a la única persona que te sigue importando, y decides que no quieres que pierda el tiempo contigo, así que presionas la gasa que te da contra el minúsculo corte que te has hecho al salir corriendo.



Ves al médico salir mientras un niño llora consumido por el dolor y le envidias porque él puede expresar todo lo que tú no, y miras su cara con la ansiedad corriendo por tu cuerpo aunque sabes que él no ve nada en tu expresión porque eres muy buena en eso de esconderte.



Te das cuenta de que no pasa nada, de que todo está bien y que aunque has dejado de creer hace mucho tiempo en que haya alguien ahí arriba que te vaya a salvar, pero te alegras de saber que al menos hay alguien que todavía se preocupa por los ángeles.



Sales de la sala de espera y caminas hacia la cafetería como si no acabases de pasar por el peor momento de tu vida, te sientas y pides un té con limón.



Lo pruebas suavemente y lo saboreas con lentitud, haciendo que tus papilas se saturen del contraste, realmente parece que no hay nada malo en tu existencia. Como si todo fuera a volver a su lugar exacto en cualquier momento en un lugar feliz.



Y finges que no acabas de fallarle a la única persona que te creía infalible....

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