Esta es una de esas historias que aunque uno haya estado en el comienzo nunca llega a comprender del todo, y es incapaz de explicar sin que un escalofrío le recorra la espina dorsal.
Ella había tenido una infancia feliz, rodeada de amor y buenos recuerdos que le sirvieran de refugio para los duros momentos del futuro. Probablemente el problema había sido que esa confianza en sí misma la había llevado a arriesgarse a amar con la misma fuerza con la que había estado rodeada hasta ahora.
Durante los siguientes años ofreció su amor sin preguntar si era bien recibido, y esto había estado a punto de destruirla en más de una ocasión, luego toda su familia siguió adelante, y descubrió que le era más sencillo fingir que era feliz y pintarse una sonrisa cada Domingo que decir la verdad.
Todos los que fueron testigos de ese tiempo se perguntaron si las personas que la habían visto convertise en lo que era ahora no eran capaces de comprender que el ángel que habían guardado entre pétalos de rosa ahora lloraba lágrimas de sangre.
Si me preguntan a mí, en lo más profundo de su ser lo sabían pero eran guiados por el mismo instinto que hace que la madre de la manada deje de preocuparse por la cría más débil por miedo a que mueran todos.

Ahora me avergüenzo de haber creído que simplemente se hundiría sin que nadie pudiera hacer nada, pero me equivoqué y les aseguro que nunca he estado más contenta de hacerlo.
Las paredes se levantaron a su alrededor como si el viento tuviera miedo de dañarla, las ramas parecieron salir de la tierra para mantenerla en pie porque la madre naturaleza se negaba a dejarla ir, y pretendió ser Venus, sin comprender que no se puede vivir sin corazón...
Siento comunicarles que nadie sabe el final de esta historia, se dice que la vieron vagando cómo una diosa fría y sin alma, otros creen que su tristeza la consumió más allá de sus intentos de luchar.
¿Quieren saber qué opino yo?, que aquella vez que la ví caminando junto a un hombre que sostenía su mano cómo el que transporta diamantes, que cuándo observé como sus mejillas se sonrojaban y una carcajada salía de sus labios que esta vez no fingían, ella no fue tan tonta cómo para no comprender que uno no puede vivir sin corazón y que sólo tiene que sobrevivir el tiempo suficiente para encontrar a alguien que escuche aquello que no te atreves a decir...
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