sábado, 22 de febrero de 2014

CAPITULO 24 LA CAJA DE LOS SECRETOS


CAPITULO 24: Vuelta al mundo real

Carla llevaba tres cuartos de horas parada en la camioneta frente a la casa de Marco, había visto como la oscuridad cubría el cielo y las luces se encendían dentro de la casa; la actividad ascendía para luego volver a caer, era curioso como en las últimas horas del día el mundo parecía ir más rápido.
Unos golpes en el cristal del copiloto la hicieron saltar sobre si misma, su mano buscando a tientas la pistola en su cadera. Bea la saludó desde fuera y le pidió permiso por señas para entrar, y Carla se descubrió dándoselo porque apreciaba su compañía.
-Pensaba que después de quince minutos no serías capaz de aguantar el frío y entrarías pero se ve que tienes más aguante de lo que pensaba.-Dijo ella extendiendo una manta grisácea para cubrir las piernas de ambas.
-¿Quién sabe que estoy aquí?.-Quiso saber ella
-Solo yo, probablemente porque soy la única a la que también le gusta pensar en el coche. A veces tiene que venir mamá a buscarme porque se me ha olvidado a dónde iba.-Dijo ella encogiéndose de hombros.
-¿Cómo lo haces?.-Dijo Carla
-¿Olvidarlo?. Es fácil, yo...
-No, me refiero a llevar tu corazón en las manos.-Por un instante los ojos de Bea recorrieron su rostro como si la viera por primera vez.
-Mi vecina también solía decirme eso, decía que en eso Marco y yo éramos iguales. Recuerdo que miraba a Marco, todo hostilidad, ceño fruncido y pensaba que yo no quería ser así.-Una sonrisa inconsciente se extendió por su rostro y su mirada se perdió en el horizonte.-Me avergüenza decir que lo entendí demasiado tarde, ¿sabes?.
-¿Qué entendiste Bea?.-Dijo Carla y de repente era como si Bea fuera la más mayor de las dos y estuviera intentando enseñarle una lección muy importante.
-Que la vida rompió su corazón, y lo sé porque cuando alguien te lo rompe te enfadas, gritas, lloras e incluso odias a esa persona pero luego no queda nada del recuerdo. Sin embargo, cuando la vida es quién te rompe el corazón no tienes nadie a quién culpar, no tienes con quién enfadarte, y no puedes sacarlo de tu sistema.
-No puedes amar-Aventuró Carla
-Oh, no. Marco es muy capaz de amar, de hecho, te ama.-Carla estuvo a punto de soltar una carcajada histérica y explicarle a Bea que su hermano estaba muy lejos de pensar en ella como algo más que una compañera con la que se había acostado pero ella volvió a interrumpirla.-Solo que tú no eres como las otras y no te conformas con un solo pedacito de su corazón.
-Las relaciones son difíciles, la gente se hace daño.
-A veces sin querer.-Dijo Bea y ella no tuvo el coraje de contradecirla.
-Si, a veces sin querer.-Ambas se quedaron en silencio mirando la oscuridad ante ellas durante unos minutos.
-Marco dijo que tu hermano murió, me hubiese gustado conocerle.-Dijo ella con una sonrisa dulce
-Créeme, a él también le hubiese encantado.-De hecho, Alex se pondría el disfraz de lobo feroz al instante.-Pero, ¿por qué querrías eso?
-Porque me cuesta pensar que pueda existir alguien más como tú.
-Pero Alex no es, no era como yo
-Háblame de él.-Pidió ella. Era la primera vez que alguien le pedía algo así y fue más liberador de lo que esperaba. Podía decir lo que quisiera, que sería todo lo que Bea recordaría, no habría ese enorme neón rojo diciendo “PSICÓPATA” por encima de cualquier palabra que ella pudiera decir.
-Él era cuatro años más pequeño que yo. Y solía ser como todos los hermanos pequeños, quisquillosos, algo mandones...-Bea sonrió soñadoramente.-Aunque Alex siempre parecía estar triste, incluso cuando era un bebé nunca lloraba pero tenía ese brillo apagado en sus ojos.
-¿Por qué estaba triste?
-Yo pensaba que era por mi madre, ella murió durante el parto y ella nunca llegó a abrazarlo jamás, y creo que él se culpaba un poco.-O al menos pensaba que sería así si Alex pudiese sentir algo.
-¡Pero no era culpa suya!.-Exclamó Bea, y su indignación era casi cómica.
-Lo sé pero es algo difícil de explicar a un niño
-¿Y cuándo creció?
-Luego solo parecía haber amortiguado esa tristeza y no sentir nada.
-Pero eso es imposible.-Dijo ella y Carla se preguntó hasta que punto Bea iba a ser una buena psicóloga si no era capaz de comprender lo que estaba intentando decir.
-Será mejor que entremos.-Dijo Carla bajándose del coche
-Ojalá le hubiese conocido, de seguro le haría hecho reír.-Dijo Bea enganchando su brazo con el suyo.
-Seguro que si.-Dijo Carla al tiempo que abrían la puerta.
Marco se detuvo en la que debía ser su centésima vuelta en redondo por el salón con el móvil en la mano.
-Por fin.-Exclamó Fabian ganándose una mirada glacial de Marco.-Pensé que no podría ver el final de la película tranquilo.-Bea la soltó y trotó hasta el sofá junto a su hermano. Marco y Carla se miraron desde extremos opuestos de la habitación, evaluando la situación, calculando el humor del otro; Carla no quería saber que había sucedido con Julia y sin embargo se encontró haciendo la pregunta con sus ojos
-Te he guardado algo de cena en el horno aunque Marco dijo que a lo mejor habías cenado ya.-Dijo Andrea arrastrando cada sílaba
-Lo siento, me ha invitado a cenar nuestro inspector.-Mintió. Cruzó el salón hacia la habitación, la mirada fija en el suelo, sus pies acelerándose a cada segundo intentando ganar unos segundos más antes de tener que enfrentarse al hecho de que Marco prefiriera a Julia por encima de ella. De repente Marco se estiró levemente, un mínimo roce del dorso de su mano contra la suya y ¡BUM!, los latidos de su corazón ya resonaban en sus oídos, sin embargo, no se detuvo, no sabiendo que si le miraba no sería capaz de mantener la fachada.
Cerró la puerta del dormitorio tras ella y quitarse la ropa al tiempo que se dirigía al cuarto de baño y abría el grifo de la ducha. Se lavó los dientes mientras la habitación se iba llenando de vapor y sólo entonces entró en la ducha.
Estiró la mano por una manopla, la lleno de jabón y comenzó a frotar con fiereza su piel, hasta que ésta se fue enrojeciendo bajo su toque.
La cortina fue empujada al lado y Marco cerró sus manos en torno a sus muñecas mientras daba un paso al frente y entraba en el cubículo. La manopla hizo un sonido sordo al resbalar entre sus dedos hasta el suelo.
-Tranquila.-Dijo él atrayendola contra su cuerpo, parecía más alto que nunca cuando Carla dejó caer la cabeza contra la curva de su cuello, dónde la camisa blanca se pegaba a su cuerpo por el agua que caía sobre sus cabezas.-Dime qué pasa.-Pidió él y ella negó suavemente, sus brazos cerrándose más fuertemente en torno a su cintura.-Por favor.-Pidió él. Carla sabía que debía explicarle todo y quería hacerlo pero no podía explicarle el peso que Sergio llevaba sobre sus hombros y mucho menos que hacía tan solo unas horas Alex había intentando matarla.
-He tenido un mal día.-Susurró ella
-Y supongo que yo no he hecho nada para mejorarlo.-Suspiró él. Marco se alejó para agarrar su rostro entre sus manos.-Carla, lo siento. Lo siento de verdad, estoy demasiado acostumbrado a cuidar de Julia, que no me paré a pensar que solo estaba sobreactuando como siempre.
-Está bien.-Dijo ella. Marco la separó lentamente de su cuerpo y se estiró por el gel, aún vestía un pantalón de trabajo y la camisa blanca que había llevado esta mañana solo que ahora toda su ropa estaba empapada.
Se arrodilló en poco espacio que les dejaba el cubículo y la instó a levantar uno de sus pies y apoyarlo contra su muslo, extendió el jabón con movimientos circulares, lentos y que milagrosamente fueron descargando sus músculos.
Para cuando pasó a la segunda pierna Carla tenía la certeza de que debía soltar algo de lo que llevaba dentro o acabaría por explotar, echó la cabeza hacia atrás hasta que su nuca tocó la pared de azulejos y se encontró mirando el techo.
-Hoy le he visto.-Susurró. Al principio pensó que él no la había escuchado pero unos segundos después sus manos se detuvieron a la altura de sus rodillas.
-¿A quién?.-dijo él distraídamente. Carla cerró los ojos con fuerza, preguntándose qué quería compartir.-¿A quién, Carla?.-Dijo él, esta vez algo más preocupado.
-Al asesino.-Dijo y ni las millones de gotas ardiendo que caían sobre su cuerpo evitaron el escalofrío que la recorrió. Marco se puso de pie al instante, y aún cuándo no lo veía podía adivinar sus hombros erguidos, el ceño fruncido entre sus cejas...
-¿Cuándo?.-Las palabras escaparon entre sus dientes apretados.
-Esta mañana, frente al parque de la casa de la hermana de la víctima. Nos vimos, le perseguí y le perdí
-¿Le perseguiste?.-Preguntó él con incredulidad y con el suficiente tono de reproche como para que ella lo notase.
-Si, es más rápido de lo que pensaba
-¿Por qué no me lo has dicho?.-Dijo él ofendido y dio un paso atrás para salir de la ducha.-Debemos avisar
-¡¿Qué?!, ¡NO!.-Carla se apresuró a sujetar su brazo.-Marco, ¡no!
-¿Por qué?.-Y había algo en su voz que le decía que o se inventaba la mejor excusa del mundo o iba a poner a toda la ciudad patas arriba en cuestión de segundos.
-Porque es un juego, para él es un juego. Ahora mismo no estará en la calle y poner a alguien a buscarle es perder recursos. Esta jugando con la comida.
-¡Qué alentador!.-Dijo él pero cuando Carla tiró de nuevo hacia dentro de su brazo no se resistió. Ninguno dijo nada cuando Carla abrió los botones de su camisa uno a uno a la vez que sacaba el dobladillo del pantalón, ni cuando desabrocho sus pantalones y cayeron al suelo. Ni siquiera cuando Carla le lavó con la misma dulzura que él lo había hecho, porque lo necesitaba, porque había una intimidad en el hecho de estar frente a alguien desnudo, dejarle explorar tu cuerpo que ni siquiera estaba presente durante el sexo.
Ella se encontró inundada por la paz, sabiendo que había sobrevivido a un día horrible y se inclinó hacia delante dejando que él la abrazara durante lo que parecieron horas.
-Creo que deberíamos salir.-Dijo él cuando las primeras gotas de agua fría cayeron sobre su piel. Marco cerró el grifo y se estiró por una toalla con la que la enrolló antes de levantarla en brazos y sentarla sobre la tapa del váter.
-No te duermas.-Dijo él. Carla le vio secarse con movimientos enérgicos y vestirse a toda velocidad mientras ella apenas era capaz de frotar lentamente sus pies. Marco salió de la habitación antes de volver con un pantalón del pijama y una camiseta suya. -Déjame a mí.-Dijo él y comenzó a secarla como si tratara a una valiosa pieza antes de ayudarla a ponerse el pijama.-Vamos.-Pasó un brazo por debajo del hueco de sus rodillas y otro por su espalda antes de alzarla contra su pecho y llevarla hacia la cama.
-No me creo que haya terminado este día.-Balbuceó ella y sus ojos se cerraron casi al instante, escuchó a Marco contestarle pero estaba demasiado cansada para oírlo. Pero tan solo un segundo después un ruido insoportable se coló por sus oídos. Emitió un sonido bajo y se giró intentando silenciarlo y volver a dormir.
-Creo que es el tuyo.-Susurró Marco teniéndole su teléfono que efectivamente estaba iluminado.
-Diles que estoy salvando el mundo.-Farfulló ella causando la carcajada de él.
-No te llaman, creo que es una alarma. Pone algo así como GN27.-Dijo él apagando la alarma. Carla abrió los ojos, un poco más despierta que antes.
-Necesito que me lleves al aeropuerto mañana, tengo una cita médica que concerté hace tiempo y no puedo cancelar.-Dijo casi sin respirar
-Está bien, ¿a qué hora necesitas llegar?
-A las once y media estaría bien.-Dijo ella girándose para darle la espalda
-Bien, me pondré la alarma.-Dijo él y unos segundos después su brazo rodeaba su cintura.
-Te...-Carla cerró los ojos con fuerza cuando las palabras estuvieron a punto de salir de sus labios.
-¿Te...?.-Dijo él

-Te lo agradezco.-Susurró ella y la mentira le quemó la garganta.

miércoles, 12 de febrero de 2014

CAPITULO 23 LA CAJA DE LOS SECRETOS.

CAPITULO 23: Lo que significa tener un hermano.

Carla no avisó de que iba, de hecho no había decidido que iría hasta que se detuvo frente a la primera verja y la abrió.
Una tras otra, siempre enseñando su rostro a la cámara cuando en realidad no deseaba hacerlo.
Detuvo el coche frente a la casa y recorrió los últimos metros al trote, más por miedo a que las ganas de dar marcha atrás se hicieran más grande que porque quisiera avanzar.
Marcus levantó la mirada del periódico alarmado cuando la puerta chocó contra la puerta.
-Tienes un aspecto horrible.-Fue lo único que Alex pudo decir antes de que ella le obligara a levantarse del sofá y abrazarlo.
-Yo también me alegro de verte.-Dijo Carla apoyando la frente contra la curva de su hombro y apirando su olor. Y solo entonces pudo respirar con tranquilidad.
Carla sabía que si su vida fuera un libro en este momento de la historia habría más de un lector pensando que estaba desquiciada, pero a fin de cuentas. ¿Qué esperaban?.
Habían hecho de su vida una misión, y la misión era mantener a Alex siempre vigilado y en el transcurso le había cogido cariño a ese niño pelirrojo de sonrisa picarona y para cuando descubrió que él era un verdadero asesino ya se había colado en su corazón...
Así que Carla no creía en Dios, no tenía pragmas trascendentales o alguien a quién recurrir en malos momentos. Pero si tuviera que elegir alguna verdad absoluta que dirigiera su existencia, es que si Alex estaba con vida y en su lado de la ley, el mundo no estaba lo suficientemente mal, aún cuándo las bolas de fuego pasaran sobre su cabeza...


Volvía a tener veintitrés años, y estaba especializada en tratamiento de trastornos mentales en la carrera de criminología, apenas iba a clase por no dejar a Alex solo y aunque se había planteado mil veces tomar su custodia siempre lo había dejado para otro momento y ahora solo quedaba un año para que él cumpliese los dieciocho y tenía que encontrar un modo de retenerlo.
Había salido a beber, y tal vez a acostarse con alguien, solo para apagar la voz de su padre en su cabeza pero apenas había levantado el primer vaso de whisky y se lo había llevado a sus labios cuando sus ojos habían captado un destello anaranjado.
Paso los siguientes tres minutos con los dedos cerrados con fuerza sobre el filo de madera de la barra hasta que los nudillos se le pusieron blancos, la respiración agitada e intentando convencerse de que solo se trataba de una mala jugada de sus ojos pero al segundo siguiente su cuerpo cruzaba la pista de baile a rebosar a toda velocidad.
Lo había encontrado apoyado en la pared de un callejón, tal vez esperando a la primera persona que pasara; él la había mirado y fue casi como si esperase encontrarla allí y de hecho, tal vez era así.
-Hoy no.-Había advertido ella sabiendo que en su estado de ánimo sería incapaz de detenerse con inmovilizarlo. Y cuando ella empezó a andar de vuelta a casa él la siguió, siempre a cierta distancia, siempre mirando más de lo debido a las chicas con las que se cruzaban, buscando novios celosos que hiciese algo al respecto. Pero aquel era un pueblo muy pequeño y si Carla era conocida como la friki Molina, él no tenía un mote mucho más favorecedor.
Habían andado durante media hora antes de ver el brillo rojizo en el horizonte y el primer instinto de Carla fue correr hacia delante pero entonces lo había oído, como siempre la voz de su padre abriéndose paso a través de todo pensamiento racional.
-¡Nunca dejes solo a tu hermano!.-Y sus pies habían derrapado al girarse hacia Alex, solo que él parecía igual de perdido, como si todo su plan maestro hubiese sido borrado de un plumazo. Las alarmas de los bomberos estallaron por todas partes, pero la casa ya estaba reducida a pedazos y la mente de Carla trabajaba a toda velocidad.
Cerró la mano en un puño y golpeó directamente la sien de su hermano con toda su fuerza, provocando que su cuerpo cayese al suelo hipso facto. Le arrastró hacia la camioneta de su padre, que estaba aparcada lo suficientemente lejos de la casa como para no correr peligro, y que por supuesto contaba con cuerda y cinta adhesiva para lo que su padre había denominado “situaciones de emergencia”.
Le había dejado en la parte de atrás y había salido a tiempo de recibir los coches patrulla y la ambulancia y nadie pareció sorprenderse de su calma, porque a fin de cuentas nadie esperaba nada de la friki Molina.

Carla fue arrancada de su recuerdo por el brazo de Alex presionando su traquea a la vez que la empujaba contra la pared. Ella abrió los ojos sorprendida mientras intentaba hacer palanca con su cuerpo pero Alex llevaba años esperando ver un momento de debilidad y ahora que lo había encontrado estaba poniendo todas sus fuerzas en él.
Marcus lo agarró por los brazos y tiró de él hacia atrás, haciéndole caer sobre la mesa de madera baja cuyas dos patadas delanteras se rompieron y Alex cayó al suelo desmadejado.
Carla apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que él se pusiera en pie de un salto, y no pudo evitar pensar que sería más fácil si él pareciera enfadado, o al menos desquiciado porque así al menos podría pensar que tal vez había hecho algo malo. Pero sus facciones eran tan relajadas como siempre, y solo quedaba hacer lo que siempre hacía... poner el piloto automático.
Carla empujó a Marcus por puro reflejo en el momento en el que Alex se lanzaba a por él, le agarró del cuello y usó todas sus fuerzas para atraparlo contra el sofá.
Fueron una mezcla de piernas y brazos en la que ella no sabía distinguir si estaba arriba o abajo, y solo pudo confiar en su instinto antes de que la espalda de Alex golpeará el sofá y Carla cerrase la mano en torno a su cuello mientras que con la otra mano le inmovilizaba los brazos por encima de la cabeza.
-Buena suerte para la próxima.-Le gruñó a la cara mientras una sonrisa se extendía por el rostro de Alex
-¿Estás bien?.-Escuchó que preguntaba Marcus a sus espaldas
-¿Puedes hacerte cargo?
-Si.-Álex encogió los ojos como si estuviese midiendo un nuevo ataque pero ella ya se estaba levantando y dirigiéndose hacia la puerta sin apartar la mirada del suelo.
No estaba en absoluto preparada para volver a casa, si es que tenía de eso, así que cerró las verjas una a una y emprendió el camino a la comisaría, esperando encontrar un solo descanso a su mente.
Y casi lo creyó cuando las puertas del ascensor se abrieron en su planta, que estaba en penumbras salvo por un par de mesas ocupadas por agentes demasiado ocupados en los papeles iluminados por flexos.
Pero entonces lo vio. Sergio estaba sentado en uno de los sillones del pasillo que se usaban para hacer esperar a los interrogados.
Parecía perdido, sus manos mezclándose entre ellas rápidamente hasta que su móvil sonó como un enorme trueno en medio del silencio. Él lo sacó y su expresión se cubrió de desolación al ver la identificación antes de volver a guardarlo.
Un agente pasó a su lado rompiendo el efecto y Sergio se levantó de un salto y se adentró en una de las salas. Carla respiró hondo y se prometió a sí misma que sería capaz de sobrevivir a ese día antes de emprender el camino.
Abrió la puerta lentamente y se detuvo al ver que Sergio se había sentado en la silla de los interrogados y tenía el rostro hundido entre sus manos.
-¿Cómo estás?.-Carla cerró la puerta suavemente a sus espaldas y caminó hacia él.
-He tenido días mejores.-Reconoció él sin moverse
-¿Qué sucedió?.-Carla se sentó en la mesa aunque a cierta distancia, y no hizo falta que especificara a qué se refería para que él la entendiese
-Teníamos una pista sobre una alarma que había saltado, el sistema informático dijo que era algo que solía darse en falsas situaciones.-El silencio se instauró entre ambos mientras se dedicaba a jugar con sus dedos, girando un anillo que no existía y que había dejado una marca blanquecina en su dedo anular.-No lo comprobé
-No fue culpa tuya.-Dijo ella
-No fui yo quién la mató pero soy quién no comprobó la única pista que podía salvarla.
-No me refería a nuestra victima.-Dijo Carla poniendo su mano sobre la de Sergio intentando detener el movimiento histérico.
-Me preguntaba cuánto tiempo tardarías en descubrirlo.-Sergio elevó la mirada hacia ella y por un instante pareció aliviado.
-Eres difícil de leer.-Reconoció ella y no pudo evitar la sonrisa triste que cubrió su rostro.
-¿Y qué ha sido lo que me ha delatado?.-Quiso saber él.
-Muchas cosas.-Susurró ella como si de repente hablasen de un secreto.-Llevabas un anillo, sin embargo tenías otro colgando de una cadena al cuello y una vez descartada la opción de que no te gustaba llevarlos solo quedaba que el otro fuese demasiado pequeño como para ponértelo. Después estabas deseando que Marco y yo tuviéramos algo, y eso no encajaba con alguien que no cree en el amor como piensa Marco que crees, y por último estás viviendo aquí desde la desaparición, como si volver a casa de esa enfermera fuera algo terrible. Fue todo y nada a la vez lo que te delató
-Eres lista.-Dijo él con un carcajada vacía.
-He hecho un trabajo de ello.-Dijo ella con orgullo.
-Era preciosa.-Dijo él y las palabras cayeron como losas entre ambos, sabiendo que ya no había marcha atrás.-Nos enamoramos en cuestión de horas, como solo hacen los adolescentes y aún así estaba seguro de que sería la mujer de mi vida. Tenía el pelo castaño, era bajita, de ojos celestes y con ese tipo de rostro que se arruga graciosamente cuando se reía.-Sergio se llevó las manos al rostro inconscientemente y Carla tuvo que tragar porque jamás había tenido tantas ganas de llorar.-Dios, era preciosa.-Prosiguió él.-Quería ser escritora, ¿sabes?. Decía que no le importaba casarse con un policía porque así podía aprovechar para escribir mientras yo estaba de patrulla. Nos casamos con veinte años.-Sergio bajó los párpados y las lágrimas corrieron por sus mejillas. Carla se inclinó hacia delante y las secó con sus pulgares.
-Dime qué pasó.-Pidió.
-Durante una patrulla cabreamos al tío equivocado y la secuestró.-Su voz sonó horrorizada.-Dios, Carla, pasó tres días antes de que la encontrara, solo para que terminase muriendo en mis brazos.-Sergio se inclinó hacia delante y apoyó la cabeza en su regazo, Carla le abrazó con fuerza mientras los sollozos rompían en su cuerpo.
-¿Qué pasó con él?.-Preguntó Carla

-Alguien lo mató, no lo recuerdo. Solo puedo evocar la sensación de la puerta de la nave industrial abriéndose y ver su cuerpo en el suelo, pensé que nadie sano tendría esa postura y después estaba muerta. Murió sufriendo, murió pensando que yo no había llegado a tiempo.-Carla le abrazó con tanta fuerza que le dolió los músculos, pero aún así fue incapaz de soltarle. Los gritos de Sergio quedaron silenciados por su cuerpo y sus manos formaron dos puños cerrados con su jersey.
Carla pensó vagamente que esto debía ser lo que se sentía cuando ayudabas a alguien a liberar su dolor y te cargabas una pequeña parte a tu espalda, y de una forma sádica era bello.
-No fue culpa tuya.-Susurró
-Si, si lo fue.-Sollozó él
-No, no lo fue.-Dijo Carla y le agarró el rostro para obligarle a mirarla.-Y si ella era solo la mitad de lo perfecta de lo que la defines moriría rezando para que no llegaras a tiempo, para que tú no sufrieras también.
-Eso es estúpido, yo tenía un arma.-Dijo él
-¿Y desde cuándo el amor es lógico?.-Sergio volvió a apoyar la cabeza en su regazo y Carla pasó sus dedos entre su pelo militarmente cortado.
-Marco no lo sabe.-Susurró él
-Lo sé pero no entiendo cómo has conseguido ocultárselo.
-No miras los expedientes de tus amigos
-Pero le has hecho creer que no creías en el amor.-Carla odió sonar como si se lo reprochase
-Era lo que él necesitaba.-Dijo Sergio encogiéndose de hombros
-No seré yo quién se lo diga si es lo que te preocupa.-Dijo ella
-Gracias.-Dijo él
-Sergio.-Dijo ella y hubo algo en su voz que le hizo mirarla al instante.-Vete a casa con la enfermera y deja que te cuide porque tú no tienes la culpa de lo sucedido y porque así lo querría ella.
-No sé si podré, no sé como dejar que alguien me cuide, hace demasiado tiempo que no lo hago
-Inténtalo.-Pidió ella y por un instante no sabía si se lo decía a él o a ella misma. Carla le observó levantarse, recolocarse la ropa, pasarse la palma de la mano por el rostro y recomponer su sonrisa habitual y solo entonces comprendió la enorme tristeza que siempre se escondía tras esa sonrisa.
Le acompaño hasta su mesa, dónde recogió su chaqueta y luego hasta el ascensor.-A ella le hubiese gustado conocerte.-Dijo él mirándola por primera vez desde que habían salido de la sala de interrogatorios, y a Carla le pareció el piropo más bonito que nunca le habían hecho.
Ella esperó hasta que las puertas de metal se cerraron entre ambos y solo entonces emprendió la carrera hacia el cuarto de baño. Las losas le rasparon las rodillas a través del pantalón cuando cayó frente al váter y vomitó.
Apenas había comido tras el desayuno, por lo que su estomago estaba vacío y aún así las arcadas la hicieron gemir a la vez que las lágrimas se escapaban por el rabillo de sus ojos, solo que a estas alturas ya no sabía por quién lloraba.