Ella solía tener una percepción muy cambiante sobre el mundo que la rodeaba. Se sentaba en el porche de la casa, en su silla favorita, cerraba los ojos e imaginaba...
Deseaba que ante ella apareciera un hombre de grandes dimensiones, y manos grandes que se cerrarían sobre sus brazos y la agitarían con violencia. Quería que todo se reduciera a lo físico y así poder olvidar todo, pero al siguiente chirrido de la mecedora se encontraba pensando en un pequeño niño que correría por el p
atio y subiría los escalones demasiado apresuradamente para su propio gusto.
Entonces el pequeño saltaría en su regazo y le pediría que ella fuera dulce, y ambos se moverían al son de una canción que aún no habia sido escrita durante horas.
Era al final del día, cuándo las sombras creadas por el sol, y el cansancio del trabajo bien hecho le permitían creer que se transformaba, que no era ni hombre ni mujer, ni jóven ni vieja, y que podía viajar en el tiempo, fundirse con el aire e ir allá dónde nadie habia llegado...
Probablemente eran estos momentos los que le permitían seguir adelante...
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