martes, 9 de agosto de 2011

Un día cualquiera


Hola querido, no me mires así apenas son las siete de la mañana y ya sabes que nunca he sido de buenos despertares.
Te vistes de corbata y chaqueta en pleno mes de Julio mientras yo te observo desde la cama de sábanas enredadas.
Recorres el espacio hasta la cocina y te preparas un café con leche, y de repente me preguntó desde cuando te gustan las magdalenas, pero tú te comes una bien contento y te apoyas en la mesa y me diriges una mirada desafiante.
Me levantó y caminó desnuda con pasos largos y desafiantes, abró el frigorifico y tomó una botella de agua fría, bebo un vaso y la devuelvo. Y mientras camino de vuelta a la cama con tu mirada clavada en la espalda, me doy cuenta de que ya no me importa.
Me tumbo de lado y me acurruco bajo la sábana blanca, te escuchó entrar en el cuarto de bañon y hacer esa rutina nueva que has creado, porque ya no te cepillas los dientes con el dentrifico del supermercado bajo nuestra casa, ya no te peinas con el cepillo que compramos cuándo nos vinimos a vivir juntos, y mientras el sueñe me mece en sus brazos me pregunto si te sigues mirando en el espejo de siempre.
Tú dudas en la puerta y esperas hasta que me rinde el sueño, solo entonces te sientas en el filo de la cama, y me acunas en tus brazos, y me susurras que aunque las cosas han cambiado me sigues amando y me pides que no me rinde en esta relación, pero yo no me entero.
Luego, me besas en los labios, como solías hacer antes, y si hubiera estado despierta tal vez me hubiera dado cuenta de que llevas la loción de afeitar que yo misma te compré, pero estas cosas nunca suceden como uno quiere.
Sales por la puerta, y yo muero en nuestra cama tres horas después, con tu olor en mi cuerpo, y tu beso en mi boca...

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